domingo, 31 de enero de 2016

Mulligan

En golf, un mulligan es un golpe extra, una segunda oportunidad, que los compañeros de partida conceden en la salida del primer hoyo a un jugador que, por “mala suerte”, ha errado el primer tiro. Naturalmente, las reglas de competición del golf no lo admiten. Es una licencia que se permite cuando juegas entre amigos.

Parece ser que sobre el origen de esta simpática costumbre y su nombre hay al menos 2 versiones distintas. Ambas lo atribuyen al apellido de jugadores que, puestos en la desairada y desalentadora situación de iniciar una partida con un mal golpe —un mal golpe no suele ser simplemente “malo”: el 90% de las veces resulta espantosamente ridículo— esgrimieron peregrinas excusas y razones para invalidarlo y solicitar a sus compañeros un segundo intento.

Cualquier golfista comprende muy bien el encogimiento que se siente en tal situación, porque todos, sin excepción, lo hemos experimentado y sabemos que no estamos libres, por bajo que llegue a ser nuestro hándicap, de volver a sufrirlo en el momento más inesperado. La solidaridad de los compañeros de partida brota, pues, espontánea cuando, tras observar la situación del hoyo desde el tee de salida, estudiar la trayectoria más conveniente, alinearte con tu objetivo, ensayar un par de veces el golpe, colocar tee y bola a la altura adecuada, adoptar cuidadosamente tu posición, asegurar un buen agarre del driver, encomendarte a tu memoria muscular y acometer tu swing más elegante con la expectativa de dibujar un vuelo espectacular y alcanzar una distancia digna, la bola resulta intacta o, en el mejor de los casos, recibe un pequeño empujoncito que la deja a medio metro por delante de tus pies. La frustración es indescriptible y el orgullo se resiente duramente. “Pero, ¿qué…? ¿Cómo es posible? ¿Cómo ha podido pasarme esto a mí? ¿Dónde me escondo? ¡Tierra, trágame!”.

El Oxford Dictionary of English define también mulligan como “estofado hecho de restos y sobras de comida”. ¡Curioso! Otra vez —ahora con entrañables resonancias domésticas— la idea de la segunda oportunidad, del aprovechamiento de aquello que por inútil que parezca, vale. ¡Y vaya si vale! Algunos de los mejores almuerzos que pueden disfrutarse en casa empiezan con un: “Hoy comemos de restos”.

Antes que a una hermosa creación de alta cocina, perfectamente perfilada, que solo se puede admirar sin atreverse a desmontarla provisto de un cubierto, nuestra realidad suele parecerse más bien a uno de esos estofados cocinados a fuego lento con ingredientes de aquí y de allá. Pero ¡qué aromas tan deliciosos desprenden esos mulligans cuando sus sencillos y dispares ingredientes están sabiamente combinados y bien condimentados!

La vida debería también parecerse más a una partida entre amigos que a una ciega competición a todo trance, en la que pronto se desvirtúan los nobles objetivos, sin que lo obtenido compense el esfuerzo ni las renuncias.

Por más que una dosis correcta de sana competencia sea estimulante y productiva, prefiero el reto personal, la cooperación y la empatía a la pugna feroz con otros.

Por eso, me lo tomo muy en serio cuando compito, porque lo hago contra mí misma, mi peor rival sin duda alguna; por eso mismo, para la vida, diaria y con mayúsculas, creo en los mulligans.

       Y pienso procurar y procurarme cuantos sean necesarios.

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