En golf, un mulligan
es un golpe extra, una segunda oportunidad, que los compañeros de partida
conceden en la salida del primer hoyo a un jugador que, por “mala suerte”, ha
errado el primer tiro. Naturalmente, las reglas de competición del golf no lo admiten. Es una licencia que se permite cuando juegas entre amigos.
Parece ser que sobre el origen de esta simpática
costumbre y su nombre hay al menos 2 versiones distintas. Ambas lo atribuyen al apellido de jugadores que,
puestos en la desairada y desalentadora situación de iniciar una partida con un
mal golpe —un mal golpe no suele ser simplemente “malo”: el 90% de las veces resulta
espantosamente ridículo— esgrimieron peregrinas excusas y razones para
invalidarlo y solicitar a sus compañeros un segundo intento.
El Oxford Dictionary
of English define también mulligan
como “estofado hecho de restos y sobras de comida”. ¡Curioso! Otra vez —ahora
con entrañables resonancias domésticas— la idea de la segunda oportunidad, del
aprovechamiento de aquello que por inútil que parezca, vale. ¡Y vaya si vale!
Algunos de los mejores almuerzos que pueden disfrutarse en casa empiezan con un: “Hoy comemos de restos”.
Antes que a una hermosa creación de alta cocina, perfectamente
perfilada, que solo se puede admirar sin atreverse a desmontarla provisto de un
cubierto, nuestra realidad suele parecerse más bien a uno de esos estofados cocinados a fuego lento con
ingredientes de aquí y de allá. Pero ¡qué aromas tan deliciosos desprenden
esos mulligans cuando sus sencillos y
dispares ingredientes están sabiamente combinados y bien condimentados!
La vida debería también parecerse más a una partida entre amigos que a una ciega
competición a todo trance, en la que pronto se desvirtúan los nobles objetivos,
sin que lo obtenido compense el esfuerzo ni las renuncias.
Por más que una dosis correcta de sana competencia sea
estimulante y productiva, prefiero el reto personal, la cooperación y la
empatía a la pugna feroz con otros.
Por eso, me lo tomo muy en serio cuando compito, porque
lo hago contra mí misma, mi peor rival sin duda alguna; por eso mismo, para la vida, diaria y con mayúsculas, creo
en los mulligans.